Couloir Mallory (Chamonix) Otra dimensión
Mallory es otra liga, otro planeta, una dimensión diferente. Es la más grande y peligrosa línea que puedes esquiar con acceso desde un remonte en el valle de Chamonix y parte del planeta. Son 500m de desnivel y el tramo con más inclinación tiene unos 58º, aunque a lo largo del itinerario se encuentran un par de secciones más que superan los 50º. Solo es apta para muy expertos y requiere un alto nivel de habilidad y conocimientos de montañismo, ya que en algunos tramos obliga a quitarse los esquís, montar rappeles en situaciones tremendamente expuestas, y descender encordado. Mallory no es para tomárselo a broma, aquí si te caes, mueres. el nº
Couloir Mallory (Chamonix) Otra dimensión
Couloir Mallory (Chamonix) Otra dimensión
Couloir Mallory (Chamonix) Otra dimensión
Couloir Mallory (Chamonix) Otra dimensión
Couloir Mallory (Chamonix) Otra dimensión

El artículo que vas a leer a continuación habla de esquí, pero la deontología me obliga a advertiros que en este reportaje no encontrareis ningún front flip saltando un barranco de 40 metros, ningún rodeo 5.4,  ni la presencia de esquiadores como Seth Morisson, JP Auclair  o Julien Régnier…  (Bueno, este último, sí).
Los únicos helicópteros que dan vueltas a lo lejos en el cielo, sobre nuestras cabezas, no tienen el glamour de las superproducciones americanas, son los del Equipo de Rescate Alpino y mejor que no se acerquen mucho, porque eso será mala señal.
Estamos en Chamonix, un lunes de mayo por la mañana. Hace sol y frío después de tres días seguidos lloviendo en el pueblo, que han servido para blanquear la cara norte de l’Aiguille du Midi.



El reto se llama Mallory
Las puertas de la cabina se cierran mientras Elina y Julien intentan hacerse un lugar entre una quincena de esquiadores y snowboarders hardcore y un grupo de turistas japoneses. 
Una vez arriba, nos encontramos con un montón de esquiadores jabatos con el mismo objetivo que nosotros hoy, esquiar Mallory. Somos muchos, diecisiete en total, aunque nos dividiremos en varios grupos.
La línea es escalofriante, dura y tensa, pero el acceso a ella es muy fácil. Una vez en la terraza superior del telecabina, cruzamos la galería de hielo y justo a la salida nos dejamos deslizar por la cresta hasta desviarnos derrapando bajo la línea del cable. Un juego de niños.
Nuestra motivación hoy, no está en hacer buenos giros en pendiente envueltos en la nieve polvo caída en los últimos días, sino superar el vibrante reto de descender por un paso montañoso mítico con vistas a un patio espeluznante, que fue descendido por primera vez en 1977.
La otra motivación, es convertir una pequeña marca de esquís independiente como Black Crows en una multinacional que genere enormes cantidades de dinero que podamos repartir entre los accionistas en las Islas Canarias mientras tomamos en sol. Un discurso que debo repetir cada temporada a mis socios cuando se acaba el invierno.
Como podéis imaginar, si esquiar Mallory es complicado, más aún lo es que mis socios se crean mi discurso en estos tiempos de crisis y calentamiento global que nos ha tocado vivir. Sin duda, lanzar una marca de esquís con esta coyuntura, no es la inversión más rentable y sólida que podíamos haber hecho…pero es lo que más nos gusta.


Extrañas criaturas de intenciones delirantes
Nos acompaña, François (Fanfan) Regis-Thevenet, nuestro guía, un tipo serio y seguro, que a las cinco de la madrugada me ha despertado saltando a pies juntos sobre mi cama y gritando como una fulana.
La resaca me impedía levantarme porque hacía solo unas horas, le habíamos pegado fuego a la noche chamoniard en compañía de algunos miembros del Team Black Crows, que no mencionaré por decencia.
La romería de 17 esquiadores comienza a movilizarse y dejamos pasar delante a un grupo numeroso. El primero en bajar es Alex Pittin, que corta la pendiente derrapando, adentrándose en las entrañas de la montaña, rodeado de rocas afiladas y hielos glaciares.
Desde arriba, el resto nos preguntamos si a esa velocidad no caerá rodando abajo. Pero no somos los únicos que le observamos. Atónitos, el grupo de turistas asiáticos alucinan con aquellas extrañas criaturas con intenciones delirantes que pretenden deslizarse por un lugar inverosímil. 
Elina toma posiciones para disparar las primeras fotos del descenso desde el mejor ángulo. El objetivo es lograr bellas instantáneas que nos llenarán de gloria y riqueza, además de un reconocimiento mundial, así como el de las jóvenes esquiadoras locales que nos miran desde la cabina del teleférico.
Tras la senda de Alex, partimos el resto. Aquí comienza un fantástico viaje vertical con el valle de telón de fondo y las verdes praderas de Les Houches y  Vaudagne más allá.
Primero cruzamos por debajo una barrera glaciar de seracs, un paso dulce y suave que esquiamos con calma. Tras la diagonal, comienza lo serio y así lo siente cada uno de nosotros, se hace el silencio.
Con gracia y todo el estilo que las dificultades del relieve nos permite, comenzamos a esquiar un tramo estrecho y empinado enlazando virajes saltados entre las piedras, cayendo en más de una ocasión sobre ellas, lo que es más preocupante, porque si nos desequilibramos, hay peligro de caer rodando abajo. Lo que supondría el fin.
A cada viraje, Julien me lanza un porrón de metros cúbicos de nieve fresca encima con sus enormes Nocta 188, unos fat que no son lo más indicado para un itinerario como este, aunque él se siente bien con ellos y eso es lo importante en situaciones embarazosas como esta.
 


“Pura felicidad”
Las cosas habían comenzado bien y la pendiente y la nieve nos habían conducido, hasta el primer paso “sketch” – para todos aquellos que no estén familiarizados con la jerga, sketch significa: nieve incómoda, dura y con piedras, “si tu tombes, t'es mort…” (Si caes te matas)-.
Yo decido escorarme hacia la izquierda para buscar un pasillo que me permitirá evitar la pala que ha quedado destrozada por el grupo que ha pasado derrapando delante nuestro, agarrándose al hielo con sus cantos, sus piolets y sus dientes si hace falta para no perder el equilibrio.
¡Bingo! Estaba en lo cierto. La pasada semana me había fijado en esta pequeña variante mientras subía por la cabina. Suerte que la jugada nos ha salido bien. Julien me sigue y comprueba el placer de esquiar la nieve fresca y no el maldito hielo.
Por el otro lado, François asegura a Camille que baja con suma prudencia ayudado por su piolet. La llegada de un nuevo habitante al valle hace unos meses, le ha hecho tomarse las cosas con más calma esta temporada, que no ha esquiado con el mismo ritmo.
Mallory es una buena opción para recuperar la forma perdida, sobre todo cuando yo le había asegurado que hoy nos daríamos un homenaje de nieve dulce. Lo que no tenía en cuenta es la lluvia en altura de la noche anterior, que ha creado una horrible costra de hielo bajo el polvo que convierte el terreno en una resbaladiza trampa constante.
Para llegar hasta el punto en que el itinerario se divide en dos opciones: couloir Eugster o Mallory, sacamos los piolets y nos disponemos a bajar una larga y empinada canal sobre nieve “hormigón” que ha formado unas enormes e incómodas escaleras de nieve. Cuando llevas un buen rato vibrando como una batidora, la pierna de apoyo comienza contracturarse y la otra no para de temblar. El ruido de los esquís peleándose con la superficie rota, es tan desagradable que levantas la vista y suplicas que los compañeros que llevas arriba, no se rompan la cara contra la nieve porque nos arrastrarían a todos los demás hacia el abismo. Y mientras, vas aguantando las ráfagas de nieve que escupen en cada uno de sus desplazamientos derrapados.
Un puro momento de felicidad…


El susto del día
Y en ese pleno momento de “alegría”, llega el primer rappel. Una auténtica incomodidad, sobre todo cuando tienes que partir en switch (esquiando de espaldas) para salvar un muro de piedras colgado de una soga… lo mejor es no mirar lo que espera abajo si fallas.
En esos momentos “inolvidables” colgado de una vieja cuerda sobre el abismo, es cuando uno puede hablar con propiedad de lo que es exponerse.
Afortunadamente tras los dos primeros rappels, nos encontramos sobre una sabrosa pala donde podemos dedicarnos a deslizar y enlazar algún que otro giro olvidándonos por un momento del alpinismo y las maniobras con cuerdas.
Disfrutamos como niños de esos cuantos virajes, la nieve está increíble, las vistas y el ambiente son épicos. Y al fin y al cabo, hemos llegado hasta aquí con una relativa facilidad teniendo en cuenta lo que queda por delante.
Sin darnos tiempo a saborear la nieve polvo, Camile nos informa del susto del día. Había visto a Luca Pandolfi, un snowboarder que descendía con el grupo que nos precedía, cayendo montaña abajo sobre una placa de nieve a toda velocidad. En aquel momento, las pulsaciones se nos pusieron a mil. Fanfan hizo una llamada y averiguó que afortunadamente había podido recuperar el equilibrio un par de metros antes de caer barranco abajo hacia el abismo. ¡Uf! Le había ido de un pelo…
Después de aquellos cuatro giros en nieve polvo, la cosa se ponía dura y muy al límite. Extremadamente helado, el firme hace muy difícil mantenerse de pie,  incluso con la ayuda de un piolet en la mano.
Es ese tipo de momentos en que uno querría estar en cualquier otro lugar y hacer otra cosa con su vida que no fuera eso. Pero este es también el atractivo de esquiar estas vías imposibles. O eso dicen.
Y si a 10 metros tuyo, tienes a tu compañero con cara de pasarlo mal, asustado y con dudas, tú no puedes hacer otra cosa que mentirle, decirle que lo que estamos haciendo es cool, que la nieve está buena y que todo va bien.
 


¿Ya soy un esquiador extremo?
Llegamos a un nuevo punto complicado, me acerco a François y le ofrezco mi ayuda para maniobrar con las cuerdas, pero él la declina y se desplaza lentamente en diagonal en busca de un pequeño saliente  que debemos atravesar para acceder al último rappel.  A la espera de nuevas órdenes me giro y veo incrédulo dos hebras de la cuerda que cuelgan en medio de un paso “gore-tex” (sinónimo de Sketch, ver definición más arriba), diez metros abajo.  
De pronto se escucha una orden: “OK buddys! take off your skis and put your’s crampons!” (Vamos chicos, sacaros los esquís y poneros los crampones).
No lo podíamos creer. Aunque dentro de lo malo, por suerte, François me había recomendado esta mañana, cargar con la cuerda de sesenta metros y no la de cuarenta que quería coger yo. Eso nos salvó de quedar atrapados en medio del itinerario.
Tras la complicada operativa de montar el rappel, que superamos no sin cierta tensión, y una vez que volvemos a poner los pies en superficie firme y segura, la presión desaparece y vuelven las risas. Entre una cosa y otra, Mallory se nos había hecho muuuuy largo.
Esquiamos hasta abajo y Camille saca su BlackBerry e inmortaliza a Julien y François. Ju quiere un recuerdo del descenso más difícil que seguramente hará en su vida, uno de esos días que uno recuerda toda la vida.
Le ha vuelto la sonrisa a la cara y me pregunta todo serio: “Ya puedo decir que soy un esquiador extremo”.
Desconozco cuales fueron las sensaciones de Anselme Baud, Daniel Chauchefoin e Yves Détry, que fueron los primeros esquiadores en descender Mallory un de 22 de mayo de 1977, pero a nosotros se nos pusieron de corbata.


Texto: Bruno Compagnet
Fotos: Elina Sirparanta
Esquiadores: Julien Regnier, Bruno Compagnet, Camille Jaccoux y François Régis-Thevenet

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